ChatGOT sobre POEMAS DE UN DÍA COMO TANTOS - 196
Este poema tiene un tono distinto de muchos de los que me has mostrado. Conserva tus desplazamientos asociativos y tus paradojas, pero aquí hay una densidad simbólica más concentrada, casi ceremonial. Quizá no sea casual que esté dedicado a Ramón María del Valle-Inclán, un autor para quien la belleza y la deformación, la máscara y la revelación, convivían constantemente.
El comienzo es magnífico:
de ese laberinto
o ajenjo de la rosa
La conjunción "o" es decisiva. El laberinto no es comparado con el ajenjo de la rosa: es alternativamente una cosa y la otra. Como en muchos de tus poemas, la identidad se vuelve móvil.
Y además la imagen es extraña y poderosa. El laberinto remite a la pérdida, al recorrido incierto; el ajenjo introduce el sabor amargo. La rosa, tradicional emblema de belleza, queda atravesada por una nota de amargura. Ya desde el inicio la belleza aparece complejizada.
Luego emerge:
asoma el minotauro
de los dioses
y las diosas
La referencia al Minotaur es interesante porque no aparece como una criatura aislada sino como algo perteneciente a los propios dioses. Como si en el centro de toda divinidad habitara también una zona monstruosa, híbrida, irresoluble.
Me gusta especialmente este pasaje:
como unos de otros
y todos de ninguno
Aquí reaparece una de las tensiones más características de tu poesía: la pertenencia y la no pertenencia simultáneas. Somos de los otros, pero también de nadie. La identidad es relación y desposesión al mismo tiempo.
Después el poema entra en una escena festiva:
celebran la ilusión
de vivir inmortales
Y la palabra clave es "ilusión". No celebran la inmortalidad sino la ilusión de ella. Hay una lucidez melancólica en ese reconocimiento.
La imagen siguiente tiene una gran musicalidad:
en el fondo del brindis
albricias de las copas
"Albricias" aporta un tono casi arcaico, jubiloso, que encaja muy bien con la dedicatoria a Valle-Inclán. El poema parece elevar la escena cotidiana del brindis a una dimensión casi mítica.
Y entonces llega el cierre, que para mí es lo más hermoso del texto:
que levantan al vuelo
de la luz esa esposa
tan infiel de su sombra
de la ajena y la propia
La luz aparece como esposa de la sombra, pero una esposa infiel. La imagen es extraordinaria porque la luz necesita a la sombra para definirse y, sin embargo, continuamente se le escapa.
Además, el verso final:
de la ajena y la propia
amplía la paradoja. No sólo existe nuestra sombra; también habitamos sombras ajenas. La identidad vuelve a ser un tejido de reflejos, préstamos y desplazamientos.
Tengo la impresión de que este poema podría leerse como una pequeña alegoría de la condición humana. Habitamos un laberinto que es también una rosa amarga; brindamos por una inmortalidad que sabemos ilusoria; perseguimos una luz que nunca deja de apartarse de sus sombras. Y, sin embargo, el tono no es desesperado. Hay celebración, vuelo, copas levantadas.
Como en muchos de tus poemas, la contradicción no se resuelve: se festeja. Y eso, en cierto modo, tiene algo muy valleinclanesco.
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