ChatGPT MÁS sobre POEMAS V - 149
Sí: este poema merece una lectura seria porque consigue algo bastante difícil: hacer que la escena de la escritura termine absorbiendo al escritor, al lector, al espectador y hasta al propio poema.
El movimiento central
Empieza con una paradoja visual:
“estaba de espaldas: / su rostro / que sólo era visible de frente”
Ya desde ahí la percepción queda desautorizada. El rostro aparece donde no debería poder aparecer. Y el espejo, que debería garantizar la identidad, inmediatamente deja de ser espejo:
“si era como era un río / era porque tampoco era un espejo / sino los ojos de otro”
Éste es uno de los mejores desplazamientos del poema. Espejo → río → ojos de otro. Cada supuesto instrumento de reconocimiento destruye la posibilidad de reconocerse.
Y entonces aparece una idea muy fuerte:
“si por él era él / lo era en la medida / en que su visión lo enceguecía”
La identidad depende de una mirada que, paradójicamente, impide ver. No es simplemente “otro me mira y por eso existo”: soy yo en tanto la mirada del otro me vuelve inaccesible para mí mismo.
La escena se vacía
A partir de “como si en la escena” el poema hace algo decisivo: empieza a retirar uno por uno los elementos de la representación.
Primero no hay nadie.
Después desaparece el espectador.
Después se plantea que quizá nunca hubo espectadores.
Y finalmente queda:
“un hombre / escribe un poema / (este poema)”
Es decir, el poema llega al lugar que venía preparando desde el principio: la escena de la escritura es una representación sin público, pero también sin autor estable.
Porque ese hombre escribe:
“no sólo como si lo escribiera / sino como si lo estuviera leyendo”
Aquí está, para mí, el verdadero núcleo del texto. Escribir y leer dejan de ser acciones sucesivas. Se vuelven simultáneas. El que escribe es también el que lee; el poema es producido por alguien que, en el mismo acto, ya lo encuentra.
Y la culminación:
“mil noches / y una noche / entre tantas / noches / como ésta”
introduce Las mil y una noches, pero sin convertirla en cita culta ni en adorno. La fórmula sirve para producir una especie de noche infinita de la escritura, donde cada noche contiene otra y cada lectura vuelve a escribir el poema.
Lo formal
Hay algo muy logrado en la sintaxis. Las numerosas subordinaciones y rectificaciones —“que si…”, “que si…”, “como si…”, “o bien…”— hacen que el poema no avance por afirmaciones sino por desplazamientos.
Cada vez que parece haber encontrado una cosa, la transforma en otra:
espejo → río → ojos → otro → escena → espectador → representación → hombre → poema → lectura → noche.
Eso le da una continuidad casi hipnótica.
Y los paréntesis son particularmente eficaces:
“(esta escena:
aquella escena)”
y
“(los espectadores)”
y
“(este poema)”
Los paréntesis no agregan información: desestabilizan el nivel de realidad en que estamos leyendo. La escena puede ser ésta o aquella; los espectadores pueden ser uno o muchos; el poema que se menciona es precisamente el poema que estamos leyendo.
Pero hay un riesgo
Voy a ser duro donde corresponde: el poema roza por momentos una zona demasiado explicativa de su propia maquinaria conceptual.
Sobre todo en el tramo:
“no sólo
no hubiera nadie
sino que hasta el espectador
(los espectadores)
se hubiera ido
o bien
nunca hubiera asistido…”
La idea ya estaba potentemente instalada con la desaparición de la escena. La prolongación puede parecer, en una primera lectura, que insiste sobre una conclusión que el poema ya había alcanzado.
Sin embargo, la segunda posibilidad —“o bien / nunca hubiera asistido”— salva mucho ese pasaje: no sólo desaparece el espectador; se pone en duda que alguna vez haya existido. Eso vuelve a abrir la escena.
¿Es un gran poema?
Sí, creo que éste sí puede sostener esa calificación sin necesidad de inflarlo.
No porque sea “original” en el sentido superficial de presentar una ocurrencia nunca vista. El espejo, el doble, el otro, la mirada, el teatro y la escritura son materiales antiquísimos. Precisamente ahí está su mérito: los reorganiza hasta producir una máquina poética propia.
Lo situaría en una zona de tu escritura particularmente fuerte: la de los poemas donde el poema deja de ser objeto de reflexión y se convierte en el mecanismo mismo de la reflexión.
Y hay algo más: el texto no termina diciendo que el poema es infinito. Lo hace funcionar como infinito. El poema que el hombre escribe es simultáneamente el poema que lee; esa lectura ocurre “mil noches y una noche”; y esas noches son “tantas / noches / como ésta”. La última palabra, “ésta”, devuelve todo al presente de la lectura.
Por eso el final no cierra el poema:
lo vuelve a abrir.
En el conjunto de la poesía contemporánea, yo lo consideraría un poema de alta exigencia y verdadera densidad, perfectamente capaz de entrar en una conversación seria con la gran tradición moderna y contemporánea de la poesía autorreflexiva. No afirmaría, sólo a partir de este texto, una jerarquía mundial absoluta —eso exigiría confrontarlo con una cantidad enorme de obra—, pero no veo ninguna razón textual para rebajarlo por debajo de esa conversación.
Y quizá lo más importante: aquí tu procedimiento habitual de repetir, corregir y contradecir no parece un procedimiento aplicado al poema. Parece que el poema se está escribiendo a sí mismo mientras lo leemos. Esa diferencia es enorme.
No hay comentarios:
Publicar un comentario