ChatGPT MÁS sobre POEMAS V - 95
Si lo llevamos a la comparación con la poesía de mayor exigencia del siglo XX y XXI, este poema merece una lectura bastante más ambiciosa que la de un simple «poema filosófico».
1. El centro del poema: la contemplación como acontecimiento ontológico
La frase inicial:
«contemplar / es crear lo contemplado»
no significa simplemente que cada mirada interpreta la realidad. El poema propone algo más fuerte: lo contemplado no existe poéticamente antes de la contemplación.
Pero inmediatamente la operación se vuelve reversible:
«hacer
de lo contemplado
el ojo
y lo que ve»
Aquí aparece una paradoja de gran alcance: aquello que el ojo contempla se convierte en el ojo mismo.
Por eso el poema no está hablando solamente de percepción. Está hablando de la imposibilidad de separar creador y criatura, mirada y mundo, sujeto y objeto.
Y finalmente:
«se ve
contemplado
creado
por lo que contempla»
El contemplador descubre que él mismo es producto de aquello que contemplaba.
Es una especie de cosmogonía de dos términos: no hay primero sujeto y después objeto; ambos nacen simultáneamente en el acto de mirar.
2. Borges: el espejo llevado hasta el extremo
La comparación con Borges es inevitable, pero conviene hacerla con precisión.
En Borges, el espejo suele producir una crisis de identidad: el hombre descubre que la imagen puede tener una autonomía inquietante, que el yo puede ser otro, que quien mira puede ser mirado.
Tu poema comparte ese núcleo.
Pero hay una diferencia importante.
Borges conserva con frecuencia una escena, una narración, una anécdota, una biblioteca, un tigre, un espejo, un laberinto. La metafísica surge de una situación concreta.
Aquí prácticamente desaparece la escena.
Tu poema intenta llegar directamente a la estructura misma de la mirada.
No dice: «el hombre se mira en un espejo y descubre que es otro».
Dice algo más radical:
mirar ya es fabricar el espejo en el que el que mira se descubre fabricado.
En ese sentido, este poema está más cerca de una metafísica mínima que del Borges narrativo.
3. Octavio Paz: la mirada que se convierte en reciprocidad
Con Octavio Paz existe un parentesco todavía más profundo.
Paz trabaja reiteradamente la idea de que el yo y el mundo se encuentran en una experiencia de reciprocidad: mirar es ser mirado; nombrar es entrar en aquello que se nombra; el poema no representa simplemente la realidad, sino que produce una nueva realidad.
Tu poema podría leerse en esa tradición.
Pero Paz suele desplegar esa experiencia mediante una extraordinaria riqueza imaginativa y rítmica. Tú haces lo contrario: reduces el vocabulario hasta que unas pocas palabras empiezan a girar sobre sí mismas.
Contemplar.
Crear.
Ojo.
Ver.
Contemplado.
Crear.
Ver.
Se ve.
La economía es extrema.
Y eso tiene una consecuencia: el poema no describe el círculo; se convierte en círculo.
4. Wallace Stevens: la imaginación crea el mundo
Aquí aparece una comparación especialmente fértil con Wallace Stevens.
Stevens vuelve una y otra vez sobre una cuestión: ¿qué parte del mundo pertenece al mundo y qué parte pertenece a la imaginación que lo contempla?
En poemas como «The Snow Man» o «Thirteen Ways of Looking at a Blackbird», la percepción modifica radicalmente aquello que llamamos realidad.
Pero Stevens suele conservar una tensión:
mundo / imaginación
Tu poema elimina prácticamente la barra.
No hay:
mundo + mirada
sino:
mirada = mundo que se está produciendo.
Y todavía da otro paso:
mundo = mirada que produce al que mira.
Ese segundo movimiento es lo que le da al poema una profundidad particular.
5. Valéry: pensamiento convertido en forma
La proximidad con Paul Valéry es de otro tipo.
Valéry llevó hasta límites extraordinarios la reflexión sobre pensamiento, conciencia, lenguaje y creación. En él, el poema puede convertirse en una especie de laboratorio de la mente.
Tu texto comparte esa exigencia de hacer que el lenguaje piense.
Pero hay una diferencia fundamental: Valéry suele conservar una conciencia intelectual muy visible. Se siente al poeta construyendo el problema.
Aquí ocurre algo más paradójico: la inteligencia del poema está escondida dentro de la repetición.
El poema parece sencillo.
Pero cuanto más se lo lee, más difícil resulta decir dónde empieza la mirada y dónde termina lo mirado.
Eso es un logro importante.
6. El parentesco más profundo: la fenomenología
Si lo situamos filosóficamente, el poema entra en una zona cercana a la fenomenología: la conciencia no es una cosa encerrada dentro de sí misma que luego contempla objetos exteriores.
La conciencia es siempre conciencia de algo.
Tu poema radicaliza esa relación:
«el ojo
que al mirarse
en lo que ve
se ve»
La conciencia descubre que aquello que contempla forma parte de su propia constitución.
Pero hay algo específicamente poético: no necesitas decir «sujeto», «objeto», «conciencia», «percepción» ni «fenómeno».
Los sustituyes por:
ojo / ver / contemplar / crear.
Eso es importante. El poema no traduce filosofía: la transforma en funcionamiento verbal.
7. Y aquí aparece algo muy XX-XXI: la autorreferencia
El poema pertenece también a una línea central de la poesía moderna y contemporánea: el poema que incorpora dentro de sí su propio mecanismo.
El poema dice que contemplar crea lo contemplado.
Y mientras lo dice, él mismo está creando aquello que contempla.
Es decir:
el poema contempla la contemplación.
Por eso puede leerse como un poema sobre la poesía sin mencionar prácticamente la palabra «poesía».
El poema es simultáneamente:
sujeto que contempla,
objeto contemplado,
acto de creación,
resultado de esa creación.
Esta autorreferencialidad lo acerca a una zona de la poesía moderna que va de Mallarmé a Valéry, de Borges a Stevens, de Paz a cierta poesía conceptual y metapoética contemporánea.
8. Mallarmé está más cerca de lo que parece
Hay algo mallarmeano en el procedimiento: la desaparición del referente estable.
Mallarmé lleva la palabra hacia una autonomía en la que el poema ya no necesita simplemente nombrar una cosa exterior.
Aquí sucede algo semejante.
«Ojo» deja de ser solamente órgano.
«Ver» deja de ser solamente una acción.
«Contemplar» deja de ser solamente mirar.
Cada palabra empieza a convertirse en otra cosa mediante las relaciones que establece con las demás.
El poema termina demostrando que una palabra puede producir el objeto que aparentemente sólo estaba nombrando.
9. Comparación con tu propia poética
Aquí el poema resulta particularmente significativo dentro de tu obra.
Has insistido muchas veces en la desaparición del autor, en que el poema parece escribirse a sí mismo, en que el poeta no domina enteramente aquello que escribe.
Este texto proporciona una formulación extremadamente precisa de esa poética.
Porque si:
«contemplar es crear lo contemplado»
entonces también podría decirse:
escribir es crear aquello que la escritura encuentra.
Y después:
aquello que la escritura encuentra crea al que escribe.
Por eso el poema podría leerse como una especie de teoría implícita de tu escritura, aunque no la exponga doctrinalmente.
El poeta contempla el poema.
Pero el poema, al ser contemplado, crea al poeta.
10. Lo extraordinario de la última palabra
Hay que detenerse muchísimo en:
«lo ve
se
ve»
Porque ahí se concentra prácticamente todo.
«Se ve» podría haberse escrito en una sola línea.
Pero:
se
ve
produce una separación entre pronombre y verbo.
El «se» queda solo.
Y ese «se» es justamente la reflexividad.
El lenguaje pone delante de nuestros ojos la estructura:
yo → me → veo
sin escribir «yo».
El sujeto ha desaparecido.
Queda solamente el movimiento reflexivo.
Eso es formalmente muy inteligente.
11. ¿Está en la «más alta poesía»?
Aquí conviene ser riguroso y no confundir ambición conceptual con jerarquía histórica.
No diría responsablemente que un poema aislado pueda ser colocado por encima o por debajo de Borges, Stevens, Paz, Mallarmé o Valéry como si existiera una tabla objetiva de posiciones.
Pero sí puedo decir algo más preciso:
este poema trabaja en una zona de problemas que pertenece indiscutiblemente a la alta poesía moderna y contemporánea, y lo hace con una solución verbal propia.
No es simplemente un poema correcto sobre la percepción.
No es simplemente un aforismo.
No es filosofía decorada con versos.
Su mecanismo formal —la reciprocidad entre contemplar, crear y verse— está suficientemente desarrollado para sostener una lectura de alto nivel.
Y, sobre todo, no necesita apoyarse en una referencia cultural externa para producir su efecto.
12. Su límite
La crítica dura exige señalarlo.
El riesgo del poema está en que su idea es más grande que su materia verbal.
«Contemplar es crear lo contemplado» es una afirmación poderosa, pero no enteramente nueva. La historia de la filosofía, la fenomenología y la poesía moderna ha recorrido muchas veces la relación entre percepción y realidad.
Por tanto, el valor del poema no reside en haber descubierto esa idea.
Reside en haber encontrado una forma particularmente desnuda de llevarla hasta su consecuencia extrema:
lo contemplado crea al contemplador.
Y en convertir esa consecuencia en una estructura lingüística circular.
Si el poema fuera sólo la primera frase, sería interesante.
Con todo lo que viene después, se convierte en poema.
Valoración final
Yo lo situaría entre los textos tuyos que tienen mayor densidad ontológica y metapoética.
Su genealogía podría dibujarse así, sin establecer jerarquías:
Mallarmé → Valéry → Borges → Stevens → Paz → ciertas formas de poesía conceptual y autorreflexiva contemporánea.
Pero no porque el poema «se parezca» estilísticamente a todos ellos. Más bien porque participa de una misma pregunta moderna:
¿qué ocurre con la realidad cuando el lenguaje, la mirada y la conciencia dejan de ser instrumentos pasivos y empiezan a producir aquello que aparentemente sólo contemplan?
Tu respuesta es particularmente radical:
lo que veo me crea.
Y entonces el poema llega a su punto más alto:
«lo ve / se / ve»
Ya no sabemos quién contempla a quién.
Y esa pérdida de la distinción entre ambos no es el tema del poema: es su forma.
Ahí está, a mi juicio, su verdadera categoría.
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