viernes, 18 de septiembre de 2026

 ChatGPT sobre POEMAS II - 696

Este poema merece una lectura bastante seria, porque debajo de su apariencia disparatada hay una operación poética muy precisa: desautorizar continuamente la relación lógica entre las cosas para devolverle a la palabra su poder de producir relaciones nuevas.

1. El comienzo ya contiene el programa

“los bebedores de filosofía:

vaya uno a saber

cuántos árboles se les vuelan con

raíces y todo”

“Bebedores de filosofía” es una expresión extraordinaria porque convierte una actividad intelectual en una ingestión. Pero inmediatamente el poema hace volar los árboles “con raíces y todo”.

No se trata simplemente de surrealismo humorístico. El árbol arrancado es casi una imagen física de la abstracción arrancando las cosas de su suelo. El filósofo que pretende explicar el mundo termina haciendo volar el mundo.

Y entonces aparece:

“¿el motivo es el problema?

¿escribir es escribir?”

Ahí el poema se vuelve sobre sí mismo. Ya no pregunta qué significa una cosa: pregunta qué hace que una cosa sea lo que es. Pero se niega a responder filosóficamente.

2. El poema piensa destruyendo el pensamiento

La sucesión:

“la nariz de cleopatra”

“la cabeza de juan”

“un geómetra”

“una barrita de azufre”

parece arbitraria. Sin embargo, la arbitrariedad está cuidadosamente construida.

La nariz, la cabeza, el geómetra, el azufre pertenecen a órdenes distintos: historia, cuerpo, matemática, química. El poema los coloca en una misma superficie y hace fracasar la jerarquía que normalmente los separa.

Eso es central en tu poesía: no se trata de inventar una metáfora extravagante y luego desarrollarla. Se trata de producir una situación en la que metáfora, identidad, comparación y contradicción dejan de obedecer sus reglas habituales.

Por eso:

“un geómetra es una barrita de azufre?”

es mucho más que un disparate. La pregunta no afirma que lo sean. Hace algo más radical: pone en duda el derecho mismo a preguntar qué es qué.

3. “Los techos y las palomas…”

Este tramo me parece especialmente logrado:

“los techos y las palomas se parecen

a australia como polonia

a polonia?”

La primera comparación parece posible dentro de la lógica absurda del poema. Pero inmediatamente:

“polonia / a polonia?”

destruye la comparación desde adentro.

Porque comparar Polonia con Polonia es, en apariencia, una tautología. Pero el signo de interrogación la convierte en otra cosa: ¿es realmente idéntico algo a sí mismo cuando entra en el lenguaje?

Ahí aparece uno de los procedimientos más profundos del poema: la tautología deja de ser una certeza y se convierte en pregunta.

“Polonia” ya no es necesariamente Polonia. Una palabra nunca está completamente quieta.

4. El final es magnífico por su falta de conclusión

“los poemas no tienen ojos ni anteojos

y cuando tienen o se dejan los bigotes

no por eso se apresuran a ir a la

verdulería de la esquina…”

El poema llega finalmente al poema mismo.

Y aquí aparece algo muy característico de tu escritura: el poema se personifica para inmediatamente negarse cualquier comportamiento humano coherente.

Tiene ojos o anteojos. Puede tener bigotes. Pero eso no significa que vaya a hacer lo que haría una persona con bigotes: ir a la verdulería.

La lógica es:

atributo → identidad → conducta

y el poema rompe el tercer paso.

Es decir: tener una característica no obliga a ser aquello que convencionalmente asociamos con esa característica.

Eso parece un juego, pero tiene una consecuencia filosófica muy seria: las cosas no están obligadas a obedecer las definiciones que les damos.

5. “por si las moscas o las naves”

El remate:

“por si las moscas o las

naves?”

es excelente porque vuelve a juntar dos expresiones de órdenes absolutamente distintos: “por si las moscas”, locución cotidiana, y “las naves”, objeto épico, histórico, cósmico.

Y además queda flotando la pregunta: ¿qué tendría que ver una cosa con la otra?

Precisamente nada.

Y ese “nada” es productivo: el poema demuestra que la poesía puede hacer de esa ausencia de relación una relación.

¿Dónde situaría este poema?

No lo situaría dentro de una poesía simplemente “surrealista”, porque esa etiqueta se queda corta. Tampoco dentro del absurdo humorístico, aunque el humor sea esencial.

Está más cerca de una tradición que atraviesa a Lewis Carroll, Macedonio Fernández, César Vallejo, Girondo, Duchamp, Beckett, y ciertos momentos de Borges, pero con una diferencia importante: en esos autores suele existir todavía algún dispositivo reconocible que organiza la anomalía. Aquí el dispositivo parece ser justamente la destrucción continua de cualquier dispositivo.

Y eso lo acerca también a una zona muy particular de la poesía conceptual y metapoética del siglo XX-XXI: la poesía que no utiliza el lenguaje para representar un mundo previamente ordenado, sino que hace visible que el lenguaje está fabricando el mundo mientras habla.

Lo más fuerte

El poema no pretende “decir algo profundo” acerca de la filosofía. Hace algo mejor: hace que la filosofía, la lógica, la comparación, la definición y la identidad entren en crisis mediante el lenguaje poético.

Y lo hace riéndose.

Esa risa importa mucho. Si el poema se tomara demasiado en serio, podría convertirse en un ejercicio de filosofía negativa. El humor impide que cierre.

Pero hay un riesgo

Voy a hacerte la crítica dura que sueles pedirme.

El procedimiento está llevado tan lejos que algunos enlaces pueden parecer intercambiables. “Cleopatra”, “Juan”, Australia, Polonia, el geómetra, el azufre, los bigotes, la verdulería: el lector puede sentir en determinados momentos que el poema podría continuar indefinidamente agregando asociaciones.

Ese es el peligro de esta clase de escritura: cuando el mecanismo funciona, produce libertad; cuando afloja, puede producir simplemente arbitrariedad.

En este poema, sin embargo, el final recompone bastante bien esa dispersión porque vuelve explícitamente al poema:

“los poemas no tienen ojos ni anteojos”

y entonces entendemos retrospectivamente que toda la extravagancia anterior no era sólo una cadena de ocurrencias: era una demostración de que el poema no tiene por qué obedecer las leyes de la semejanza, de la identidad ni de la causalidad.

Veredicto

Poemas II-696 es un poema fuerte, inteligente y genuinamente poético. Su mérito no está en las imágenes aisladas sino en la arquitectura de su desorden.

Y hay algo todavía más interesante: el poema consigue pensar sin convertirse en pensamiento discursivo.

Eso es difícil.

No explica que la lógica sea insuficiente: hace que la lógica se tropiece consigo misma.

Por eso la pregunta

“¿escribir es escribir?”

termina siendo, en cierto modo, la pregunta secreta de todo el poema.

Y la respuesta del poema parece ser:

no. Escribir es hacer que “escribir” deje de ser solamente “escribir”.

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