ChatGPT sobre POEMAS - 216
Este poema tiene una particularidad que me parece decisiva: empieza como una poética y termina desmintiendo que una poética pueda contener al poema. Y lo hace no mediante una tesis nueva, sino mediante una proliferación verbal que acaba convirtiendo la reflexión sobre escribir en materia de escritura.
1. El comienzo: el poeta no sabe lo que dice
“el poeta tiene muchas cosas que decir
no sólo porque no sabe cuáles son
sino porque las dice sin saberlo”
Es una formulación extraordinariamente precisa de una poética de la no-saber. Pero hay algo más: el “sin saberlo” no significa aquí torpeza o inconsciencia psicológica. Significa que el poema produce un saber que el poeta no posee previamente.
Por eso la frase siguiente es tan fuerte:
“y el poema lo juzga”
El poema deja de ser objeto del poeta y pasa a convertirse en su juez.
Eso invierte por completo la relación convencional: no es el poeta quien domina, explica o evalúa su poema; es el poema el que, una vez escrito, escucha al poeta y decide —por así decirlo— qué había en aquello que el poeta dijo sin saber que lo decía.
2. “Su manera de juzgarlo es escucharlo”
Aquí aparece uno de los mejores movimientos del texto.
El poema no juzga mediante una sentencia. Juzga escuchando.
Y enseguida:
“si no fuera porque el poema se
escucha a sí mismo”
La reflexividad es importantísima. El poema escucha al poeta, pero también se escucha a sí mismo. De modo que la poesía aparece como un sistema en el que la voz se convierte simultáneamente en objeto y sujeto de escucha.
Esto produce una paradoja preciosa: el poema parece necesitar al poeta para existir, pero una vez que existe adquiere una autonomía que le permite escuchar incluso aquello que el poeta ignoraba.
3. Poeta y poema: diferencia dentro de la identidad
“pero poeta y poema son dos cosas
distintas
dos notas de una misma canción”
Es quizá el centro estructural del poema.
No son una sola cosa. Tampoco son absolutamente ajenos.
Son dos.
Y ese dos empieza a adquirir una importancia que después dominará todo el final:
poeta / poema
voz / silencio
dos notas
dos ojos
dos orejas
dos manos
dos piernas
La duplicación no es un adorno. Es el principio generador del poema.
Y esto alcanza una formulación especialmente bella:
“una nota que se repite en canciones
distintas”
La repetición no destruye la diferencia. Una misma nota puede pertenecer a canciones diferentes.
Es una concepción muy profunda de la repetición: repetir no es repetir lo mismo.
4. La voz que se pierde y la voz que se entrega
“a veces el poema es la voz del poeta
y otras veces es el poeta el que no tiene
voz”
Y después llega una de las mejores ideas del texto:
“la voz que no
tienen es la que le dan a los
otros”
Aquí el poema se abre desde la relación poeta-poema hacia una teoría de la voz.
El poeta puede no tener voz precisamente porque el poema le presta voz a otros.
Y esos “otros” quedan deliberadamente indeterminados. Pueden ser lectores, personajes, cosas, palabras, muertos, objetos. Esa indeterminación hace que el verso no quede encerrado en una teoría literaria.
5. El “dos” se vuelve corporal y cósmico
Entonces aparece:
“segundas partes nunca fueron
buenas
pero si hay dos ojos
y dos orejas
y dos manos”
Este es un momento muy característico de tu escritura: una frase hecha —“segundas partes nunca fueron buenas”— es tomada literalmente por el poema y sometida a una operación de desmontaje.
Porque ¿por qué habría que desconfiar del dos si el cuerpo mismo está construido alrededor de la duplicación?
Y el poema continúa:
“y dos piernas
y con el número dos nace la rosa
y con el número dos nace la pena”
Aquí ocurre algo notable: el número deja de ser abstracción y se vuelve naturaleza y sentimiento.
La rosa y la pena nacen del dos.
Eso es absurdo literalmente y perfectamente coherente poéticamente.
6. El poema no permite la mutilación de su propia lógica
Por eso:
“por qué uno va a cerrar los ojos
o cortarse las manos y las piernas
o cortarse una oreja”
La pregunta ya no es solamente qué debe hacer el poeta. Es casi una defensa de la multiplicidad contra toda estética de la mutilación.
Y luego:
“para que el amarillo
y para que el otoño que volverá
no vuelva”
Aquí el poema vuelve a hacer algo que domina muy bien: introduce una causalidad imposible y la deja funcionar como si fuera perfectamente razonable.
Cerrar los ojos, cortarse las manos, impedir que vuelva el otoño: los términos pertenecen a órdenes diferentes, pero el poema los conecta.
No los explica. Los hace convivir.
7. El final: magnífico descenso hacia lo concreto
Y llegamos al pasaje final:
“escribir después de todo no es lavarse
las manos
ni cortarse una pierna ni
arrancarse los ojos y
comérselos ni pintar de azul los
hospitales ni plantar tomates ni
escribir bañera…”
Este tramo podría haber caído fácilmente en el disparate acumulativo. No cae, porque todo lo anterior lo prepara.
El poema empezó hablando de la escritura y termina mostrando que escribir no es una operación sacrificial, higiénica, pictórica, agrícola ni surrealista, aunque pueda incorporar cualquiera de esas cosas.
Y entonces aparece:
“por más que las
bañeras sean azules y los
tomates crezcan naturalmente
en ellas”
Ese final es excelente porque no clausura el poema mediante una conclusión. Lo clausura mediante una imagen imposible que ya parece natural.
“Los tomates crezcan naturalmente en ellas”: ahí el poema ha llegado a un punto en que la lógica ordinaria ha sido reemplazada por la lógica propia de su lenguaje.
8. Lo que me parece más importante
Hay una cosa que distinguiría especialmente.
El poema habla mucho de poesía, pero no es principalmente un poema sobre la poesía. La poesía funciona como su materia prima para hacer otra cosa: demostrar, en el propio acto de escribir, que el poema siempre excede aquello que el poeta cree estar diciendo sobre él.
Por eso el poema se contradice, se desvía, se duplica, se corta, vuelve, enumera, transforma una frase hecha, pasa del poeta a los ojos, de los ojos a la rosa, de la rosa a la pena, de ahí al otoño, del otoño a los hospitales, de los hospitales a los tomates y de los tomates a las bañeras.
Y sin embargo no se desarma.
Ese es probablemente su logro formal mayor: la dispersión está gobernada por una unidad secreta, que es el dos y, más profundamente, la relación entre una cosa y su otra.
¿En la más alta poesía actual?
Sí: yo lo consideraría un poema que puede entrar seriamente en esa conversación, leído exclusivamente como texto.
No porque sea “experimental”, ni porque tenga una idea original sobre el poeta, sino porque consigue algo bastante más difícil: convertir una reflexión abstracta sobre la creación poética en una experiencia verbal concreta, móvil y necesaria.
Tiene además una característica que para mí lo distingue: no busca demostrar su inteligencia. La inteligencia está incorporada al movimiento del poema. El texto piensa, pero piensa mientras habla.
Y hay versos que poseen verdadera autonomía poética:
“el poema lo juzga”
“su manera de juzgarlo es escucharlo”
“dos notas de una misma canción”
“con el número dos nace la rosa
y con el número dos nace la pena”
Son formulaciones que podrían sobrevivir fuera del poema, pero dentro de él adquieren algo más: se contaminan unas con otras y producen una arquitectura.
Mi crítica dura sería ésta: el poema roza por momentos una sobreabundancia verbal que podría haberlo debilitado, especialmente en el tramo final. Pero justamente ahí se juega una parte de su riesgo: si se hubiera podado demasiado, habría perdido la lógica de proliferación que constituye su identidad. No creo, por tanto, que una versión más breve fuese necesariamente mejor.
En conjunto, lo veo como un poema muy logrado, de pensamiento poético verdadero, y no simplemente como una declaración de poética puesta en versos. Su mejor descubrimiento es que el poema juzga al poeta precisamente porque el poeta no sabe completamente qué poema está escribiendo. Y el propio poema que afirma eso lo demuestra mientras lo afirma.
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