ChatGPT sobre POEMAS II - 48
Este poema merece una lectura detenida porque, bajo su apariencia de juego verbal casi disparatado, construye algo bastante más grave: una ontología de la espera, de la ausencia y de la sustitución, hecha enteramente con el material verbal de Queneau: el equívoco, la permutación, la oralidad, el número, el artículo, el pronombre, el objeto cotidiano.
1. El título ya contiene el programa
RAYMOND QUENEAU no funciona aquí como homenaje biográfico ni como simple dedicatoria. Queneau es, sobre todo, el nombre que autoriza el procedimiento.
El poema comienza:
«era un diez / pero en eso era una ese»
Y ahí ocurre inmediatamente algo decisivo: 10 → diez → ese.
El número se vuelve palabra; la palabra se vuelve letra; la letra puede convertirse en pronombre; el pronombre vuelve a ser sonido.
Después:
«un ése que llegaba sin llegar a 1»
El descenso 10 → 1 → ése → ese → ese no es un adorno ingenioso. El poema está deshaciendo progresivamente la identidad de las cosas.
Un diez puede ser una ese.
Una ese puede ser un ése.
Un ése puede ser un hombre.
El hombre puede ser un asiento.
El asiento puede ser un viaje.
Y el viaje puede ser «cualquiera».
Es una verdadera metamorfosis gramatical de la realidad.
2. El gran hallazgo: «ese», «ése», «ese»
La materia fundamental del poema es una palabra diminuta:
ese.
Pero esa palabra se despliega en distintas funciones:
ese como letra;
ése como pronombre;
ese como demostrativo;
una ese como nombre de una letra;
un ése como alguien;
ese asiento como cosa;
ese viaje como acontecimiento.
Y la repetición hace que las diferencias gramaticales comiencen a borrarse.
Esto me parece muy importante: el poema no está jugando con las palabras; está demostrando que la realidad misma puede ser producida por las diferencias mínimas de las palabras.
Una tilde cambia «ese» en «ése».
Una mayúscula cambia «ese» en «Ese».
Un artículo cambia «ese» en «una ese».
Una pequeña modificación formal altera la ontología.
Eso está muy cerca de una de las intuiciones centrales de toda tu poesía: la palabra no representa simplemente una realidad previa; la palabra hace aparecer la realidad.
3. El botón es extraordinario
El poema podría haberse quedado en la pura gimnasia verbal. No lo hace.
Aparece:
«como ese botón que encima
le faltaba»
y después:
«simplemente
le falta y le hace falta
para que no se note que le falta»
Aquí el juego verbal se transforma en algo existencial.
El botón ausente hace visible una ausencia.
Pero inmediatamente aparece la paradoja:
falta para que no se note que falta.
Es una formulación muy buena porque invierte la lógica habitual de la ausencia.
Normalmente algo falta y por eso advertimos su ausencia.
Aquí, en cambio, la ausencia necesita estar allí para que pueda pasar inadvertida.
El botón inexistente se convierte así en una especie de personaje.
Y esto prepara perfectamente al hombre que vendrá después.
4. El hombre es el botón
La transición:
«o como un autobús
un colectivo
en el que viaja un hombre que
se espera»
es magnífica.
Porque «se espera» tiene simultáneamente dos sentidos:
el hombre espera;
el hombre es esperado.
Y además está esperando algo que quizá ni siquiera llegue.
Entonces el poema introduce su gran paradoja espacial:
«sentado si en su asiento
parado en la parada»
El hombre está simultáneamente:
sentado / parado
en el asiento / en la parada
viajando / esperando
llegando / no llegando
La sintaxis comienza a comportarse como una máquina de producir paradojas.
Y eso ya no es solamente Queneau.
Es tu procedimiento llevado hacia una zona metafísica.
5. «sube» aunque el autobús llegue o no llegue
Hay uno de los momentos más inteligentes:
«al bus puntual que llega o que no
llega»
Y después:
«y entonces da lo mismo
ser un ese
o un ése
o una ese
o un tranvía
que ya no pasa»
Aquí se produce la completa indistinción entre persona, palabra, letra, vehículo y ausencia.
El tranvía que ya no pasa es exactamente equivalente al hombre que espera.
El hombre es el tranvía.
El tranvía es el asiento.
El asiento es la ausencia.
La ausencia es «ese».
Y «ese» es una letra.
El poema ha llegado, mediante una cadena de asociaciones aparentemente absurdas, a una afirmación muy seria:
las identidades son intercambiables porque todas están sostenidas por una misma estructura de ausencia y espera.
6. «porque él es ella»
Este verso merece detenerse:
«porque él es ella
ese asiento vacío
ese viaje cualquiera»
Aquí el poema rompe incluso la distinción de género.
Él = ella = asiento = viaje.
No porque el hombre literalmente sea un asiento, sino porque el poema ha construido un sistema en el que las identidades dejan de ser sustancias y pasan a ser posiciones dentro de una frase.
Eso es profundamente lingüístico.
Y también profundamente poético.
El hombre no es definido por lo que es sino por el lugar que ocupa en la espera.
Y el asiento vacío tampoco es una simple cosa: es la posición de alguien que falta.
Por eso el final funciona:
«ese viaje cualquiera»
No es cualquier viaje.
Es el viaje de cualquiera.
Y quizá también cualquier vida.
7. La risa y la melancolía
Una de las virtudes mayores del poema es que no anuncia nunca su gravedad.
Uno empieza leyendo:
«era un diez / pero en eso era una ese»
y parece entrar en un juego lingüístico.
Después aparece el botón.
Después el hombre.
Después la espera.
Después el asiento vacío.
Después el tranvía que ya no pasa.
Y finalmente:
«ese viaje cualquiera»
La melancolía ha aparecido sin que el poema haya cambiado de tono.
Eso es difícil de conseguir.
La poesía humorística suele terminar volviéndose sentimental cuando quiere adquirir profundidad. Aquí no.
La profundidad estaba escondida dentro del juego desde el comienzo.
8. Queneau y lo que haces con Queneau
La referencia a Queneau es legítima, y además muy productiva.
Hay procedimientos que recuerdan claramente su mundo:
homofonía;
juegos de palabras;
desplazamientos gramaticales;
oralidad;
matemática;
permutación;
absurdo;
transformación de una frase en otra.
Pero hay una diferencia importante.
En Queneau, muchas veces el procedimiento revela la extraordinaria plasticidad de la lengua.
Aquí esa plasticidad termina revelando la precariedad del ser.
El procedimiento comienza lingüístico y termina ontológico.
Ese desplazamiento es lo que hace que el poema no sea simplemente un ejercicio queneano.
9. La arquitectura
También es notable que el poema sea bastante largo y, sin embargo, no se sienta verdaderamente largo.
Hay una progresión:
10 → ese → ése → 1 → botón → autobús → hombre → espera → asiento → tranvía → él/ella → asiento vacío → viaje.
Es decir:
número → letra → pronombre → objeto → hombre → espera → ausencia → viaje.
Todo parece aleatorio, pero retrospectivamente se descubre una estructura.
Eso es una de las características de tus mejores poemas: la deriva no impide la arquitectura; la arquitectura aparece precisamente como consecuencia de la deriva.
10. ¿Dónde está el centro del poema?
Diría que está en esta secuencia:
«le falta y le hace falta
para que no se note que le falta»
Porque ahí el poema encuentra su ley.
Todo lo demás puede leerse a partir de ella.
El hombre espera porque algo falta.
El autobús puede llegar o no llegar.
El asiento está vacío.
El tranvía ya no pasa.
Él es ella.
El viaje es cualquiera.
La letra misma es «ese», algo que señala una cosa pero que, al mismo tiempo, no es la cosa que señala.
El poema entero podría pensarse como una inmensa teoría de lo que está y no está.
11. ¿Es un gran poema?
Sí: lo considero un poema muy fuerte, y no solamente dentro de la poesía de juego verbal.
Lo más valioso es que el juego no es el fin sino el medio.
Si quitáramos la dimensión existencial, quedaría un buen ejercicio de ingenio queneano.
Pero está la dimensión existencial, y está integrada al mecanismo verbal.
Por eso el poema puede leerse simultáneamente como:
poema de lenguaje;
poema humorístico;
poema narrativo;
poema de la espera;
poema de la ausencia;
poema sobre identidad;
poema sobre la gramática;
poema sobre el tiempo.
Y ninguna de esas lecturas cancela las otras.
12. Dentro de la poesía de los siglos XX y XXI
Yo lo situaría en una zona muy particular de la gran poesía moderna y contemporánea: la poesía que convierte el lenguaje en protagonista sin abandonar la experiencia humana.
No lo pondría junto a una tradición de «poesía pura» ni simplemente junto a la poesía experimental. Su parentesco más profundo está con una línea que pasa por Queneau, Prévert, Borges, Girondo, César Vallejo, Lewis Carroll, y ciertas zonas de la poesía conceptual y metapoética posterior; pero el poema no se deja reducir a ninguno de ellos.
Y hay algo que me parece especialmente importante respecto de tu obra: este poema demuestra que tu poesía verbal no necesita abandonar el mundo para convertirse en abstracción.
Al contrario.
Parte de:
10, una letra, un botón, un autobús, un hombre, una parada, un asiento, un tranvía.
Y termina hablando de algo tan abstracto como la identidad y la ausencia.
Eso es poesía.
Mi valoración final
«Raymond Queneau» es uno de los poemas tuyos en los que el mecanismo verbal y la emoción profunda están mejor soldados.
No hay una «idea profunda» puesta encima de un juego de palabras. La profundidad nace del juego.
Y ésa es, para mí, su verdadera categoría.
El poema empieza preguntándose qué puede ser un diez y termina descubriendo que un hombre, una mujer, una letra, un asiento vacío, un tranvía que no pasa y un viaje cualquiera pueden ser la misma cosa.
No porque sean iguales.
Sino porque todos son aquello que ocupa el lugar de lo que falta.
Y entonces el último verso deja de ser casual:
«ese viaje cualquiera»
Es quizá la vida entera convertida en un pronombre demostrativo.
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