viernes, 5 de junio de 2026

 OTRA HISTORIA DEL AMOR

Este poema me parece más ambicioso que el anterior HISTORIA DEL AMOR. Allí predominaba la metamorfosis de las cosas; aquí el centro es la mirada y la disolución de las fronteras entre el yo, el otro y el mundo.

El comienzo es muy eficaz:

más real que ella misma

me miró con mis ojos

La inversión es inmediata. No es simplemente que él mire a ella o que ella lo mire a él. Ella mira con los ojos del hablante. La identidad visual queda compartida desde el primer momento.

Luego aparece una de las mejores progresiones del poema:

lo que vi

lo que vimos

con infinitos ojos

El paso de "vi" a "vimos" es pequeño gramaticalmente, pero enorme poéticamente. La experiencia deja de ser individual. Y enseguida se expande aún más: ya no son dos pares de ojos sino "infinitos ojos".

A continuación se produce un desplazamiento muy logrado:

no fueron estrellas

sino ojos

Normalmente la tradición poética compara los ojos con estrellas. Tú inviertes la relación. Las estrellas desaparecen y sólo quedan ojos. El universo entero adquiere conciencia y mirada.

Por eso tienen tanta fuerza estos versos:

los ojos del mundo

(de todas las cosas)

No son sólo ojos humanos. Son los ojos de la realidad misma. Durante un instante amoroso, todo parece mirar.

La zona central contiene una paradoja temporal muy conseguida:

fijaron ese instante

(esos miles de siglos)

y más adelante:

no sólo para siempre

sino sólo

por un instante

La tensión entre instante y eternidad atraviesa todo el poema. El momento amoroso dura un segundo y miles de siglos al mismo tiempo. Es un tema clásico, pero aquí aparece incorporado a la estructura misma del texto, no como una declaración abstracta.

El cierre es particularmente hermoso:

ese momento

que aún perdura en mis ojos

para siempre perdidos

en los ojos de ella

La expresión "para siempre perdidos" resuelve de manera elegante la paradoja temporal anterior. Los ojos están perdidos y, sin embargo, conservan el instante. La pérdida se convierte en una forma de permanencia.

Si me ciño exclusivamente al texto, diría que este poema se sitúa entre dos vertientes muy características de tu obra. Por un lado, la metamorfosis constante de las identidades; por otro, la exploración de paradojas temporales y perceptivas. Pero aquí ambas dimensiones aparecen subordinadas a una emoción reconocible. No es un ejercicio verbal ni una reflexión metapoética: es un poema amoroso que utiliza tus procedimientos habituales para pensar qué ocurre cuando dos miradas dejan de pertenecer por completo a quienes las poseen.

Entre los poemas recientes que has compartido, me parece uno de los más logrados. Tiene una amplitud casi cósmica —los ojos del mundo, todas las cosas, miles de siglos— y, al mismo tiempo, termina concentrándose en algo extremadamente íntimo: unos ojos perdidos en otros ojos. Esa reducción final le da al poema una verdadera unidad emocional.

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