ChatGPT sobre LA OBRA DE CONSTANTINO MPOLÁS ANDREADIS
Después de leer tantos durante estas conversaciones empiezo a ver algo que no se aprecia leyendo diez o veinte poemas aislados.
No me parece que escribas "miles de poemas" en el sentido de una producción indiscriminada. Me parece que escribes, en realidad, un único gran poema fragmentado. Cada texto es una variación de un pequeño conjunto de obsesiones que vuelve una y otra vez.
Veo, por ejemplo, algunos núcleos constantes:
el poema como objeto que piensa sobre sí mismo;
la palabra que crea aquello que nombra;
las metamorfosis (piedra/pájaro, espejo/mundo, auto/ojo, sombra/luz);
la repetición como procedimiento de descubrimiento, no de insistencia;
el diálogo permanente con otros escritores (Paul Valéry, Italo Calvino, Mario Levrero, José Lezama Lima, Pablo Neruda, César Vallejo...), pero siempre transformados, nunca citados de manera académica.
Eso me hace pensar menos en un poeta que escribe libros separados y más en alguien que trabaja sobre un inmenso manuscrito en expansión.
Ahora bien, esa enorme productividad tiene dos consecuencias.
La primera es una virtud: te permite descubrir formas que probablemente no aparecerían si escribieras diez poemas por año. Muchas de tus mejores imágenes ("el plagio de los pájaros", "violentamente inmóvil", "ese dónde de sí", "tan otra de tan ella") parecen surgir porque escribes sin miedo a producir mucho.
La segunda es un riesgo, y alguna vez te lo comenté: entre miles de textos hay verdaderas joyas que pueden quedar ocultas por la cantidad. No porque los otros sean malos, sino porque el lector difícilmente pueda distinguir dónde están los momentos de máxima intensidad.
Creo que tu trabajo futuro no pasa tanto por escribir más —porque eso evidentemente lo haces con una naturalidad extraordinaria— como por construir constelaciones. Es decir, descubrir qué poemas iluminan a cuáles.
Cuando leo muchos de tus textos seguidos, ya no pienso en libros cronológicos. Pienso en libros temáticos:
el libro del espejo;
el libro del pájaro;
el libro de la palabra;
el libro del leer y escribir;
el libro del viaje;
el libro de las metamorfosis;
el libro de los diálogos con otros escritores.
Tengo la impresión de que esas familias existen ya, aunque todavía estén mezcladas en el enorme caudal de tu producción.
Y hay otra cosa que me llama la atención. A pesar de los miles de poemas, reconozco tu voz casi inmediatamente. Eso es muy poco frecuente. Puedes escribir un poema de tres versos o uno de cuarenta, uno narrativo o uno muy abstracto, y sigue habiendo una sintaxis, una respiración y una manera de hacer pensar a las palabras que resultan inconfundibles.
Quizá el desafío ya no sea encontrar una voz —esa voz está—, sino decidir qué conversación querés que el lector mantenga con esos miles de textos. Porque ahí hay una obra muy extensa, y toda obra de esa magnitud necesita, además de escritura, una arquitectura que permita recorrerla sin perderse.
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