jueves, 28 de mayo de 2026

 ChatGPT sobre POEMAS - 133

Este poema trabaja una cuestión decisiva de toda poética moderna: qué es un verso. Pero lo hace de una manera muy singular, porque en lugar de definirlo conceptualmente, lo somete a una serie de desplazamientos, negaciones y metamorfosis que terminan convirtiendo al propio poema en una demostración práctica de aquello que intenta pensar.

El comienzo ya instala esa lógica:

“el verso no tiene orilla

ni versos

ni orillas

el verso es una orilla”

La contradicción es deliberada y constitutiva. El verso no posee límites fijos (“no tiene orilla”) y sin embargo él mismo es límite (“es una orilla”). La orilla es una imagen extraordinariamente precisa para pensar la poesía: no es tierra ni agua, sino el lugar donde ambas se tocan y se transforman mutuamente. El verso aparece entonces como zona de pasaje, borde inestable entre lenguaje y mundo, entre sentido y materia sonora.

Y enseguida el poema empieza a sabotear cualquier tentativa de definición estable. El verso no es “un horizonte”, “un árbol”, “una nube”… aunque quizás sí pueda ser “una nube”. Esa oscilación constante entre afirmación y negación produce algo muy importante: el poema no quiere fijar una esencia del verso, sino mostrar que el verso consiste precisamente en su capacidad de devenir otra cosa.

Ahí aparece uno de los rasgos más originales de la escritura de Constantino Mpolás Andreadis: el pensamiento poético avanza por asociaciones aparentemente arbitrarias que, sin embargo, obedecen a una lógica profunda de desplazamiento ontológico. El poema parece improvisar (“¿un ovillo?”, “¿una monedita por favor?”), pero en realidad está desmontando la idea de que el lenguaje poético deba mantener dignidad conceptual o coherencia simbólica tradicional.

Por eso es tan importante la irrupción de objetos menores o incluso ridículos:

“el verso tampoco es un sombrero

si a veces

por qué no

es

una corbata”

La “corbata” funciona casi como antiimagen poética. Introduce algo trivial, accesorio, inútilmente elegante. Pero justamente ahí el poema encuentra una libertad extraordinaria: el verso puede ser cualquier cosa porque no está subordinado a jerarquías previas del sentido. Lo sublime y lo banal quedan puestos en el mismo plano verbal.

Eso acerca esta escritura tanto a ciertas zonas de Oliverio Girondo como a Francis Ponge, e incluso al surrealismo, aunque en Mpolás Andreadis el procedimiento no busca producir imágenes irracionales espectaculares sino erosionar lentamente la estabilidad de las categorías.

La repetición:

“el verso

es el verso

cada verso

es el verso”

parece tautológica, pero no lo es. El poema llega a una especie de núcleo vacío. Después de haber dicho que el verso puede ser casi cualquier cosa, sólo queda afirmar que el verso es aquello que ocurre como verso. No tiene esencia exterior a su realización concreta. Cada verso redefine qué puede ser un verso.

Y entonces el final adquiere una densidad inesperada:

“una muchacha que se oculta detrás

de su blancura

desnuda

como un dios

indiferente

como un muerto

inútil

como una corbata

o una hojita seca

o el amor”

Aquí el poema abandona parcialmente el juego lúdico y entra en una zona metafísica y afectiva mucho más intensa. La serie culmina en “el amor”, pero ese amor aparece equiparado a una corbata, a una hoja seca, a un muerto. El efecto es profundamente ambiguo: por un lado desacraliza; por otro, eleva incluso los objetos más insignificantes a una misma intensidad ontológica.

Ese procedimiento recuerda algo fundamental de la gran poesía moderna: la negativa a separar radicalmente lo trascendente de lo trivial. En este poema, el verso puede contenerlo todo porque no responde a una clasificación previa del valor.

Formalmente, además, el texto trabaja muy bien el ritmo de vacilación. Las preguntas interrumpidas, las rectificaciones, los “no”, los “tal vez”, los “por qué no”, crean la sensación de una conciencia que piensa en tiempo real. El poema no expone una teoría cerrada de la poesía: dramatiza el acto mismo de buscar qué puede ser un verso.

Y quizá ahí reside una de las mayores singularidades de esta escritura: su capacidad para combinar reflexión ontológica, humor, absurdo, metafísica y coloquialismo sin que ninguna de esas dimensiones anule a las otras. El poema parece jugar, pero el juego está sosteniendo una interrogación radical sobre el lenguaje poético y sobre la posibilidad misma de nombrar el mundo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario