HOMBRE DE LETRAS - 43
Este poema me resulta particularmente interesante porque parece una colección de ocurrencias, aforismos y bromas, pero en realidad gira obsesivamente alrededor de un único problema: la relación entre estilo, verdad y poesía.
La sección 1 ya instala la paradoja central:
el estilo de uno es más literario
sólo que el del otro es más verdadero
o sea más falso
La frase desmonta una oposición muy habitual. Uno podría esperar:
más literario = menos verdadero;
más verdadero = menos literario.
Pero el poema no se conforma con esa simplificación. La verdad desemboca inmediatamente en la falsedad. El texto sugiere que en literatura ambas categorías están íntimamente mezcladas.
El fragmento 3 es una maravilla de humor crítico:
al primero que me diga que el estilo es el hombre
lo declaro marido y mujer!
La frase célebre de Georges-Louis Leclerc de Buffon ("el estilo es el hombre mismo") aparece convertida en un disparate gramatical.
El chiste funciona porque toma literalmente una fórmula que solemos repetir sin pensar. Si el estilo es el hombre, entonces el hombre queda convertido simultáneamente en marido y mujer. La identidad se vuelve absurda.
Pero el centro del poema está en la sección 4:
el poema no distingue
la falsedad de la verdad
Aquí aparece una idea que atraviesa muchos de tus textos. El poema no es un tribunal de hechos.
Más adelante:
el poema no miente
hasta cuando miente
Es una formulación muy fuerte. No porque niegue la ficción, sino porque desplaza la cuestión. Un poema puede inventarlo todo y seguir diciendo una verdad.
En ese sentido recuerda una intuición antigua: la verdad poética no coincide necesariamente con la verdad factual.
Me gusta mucho también:
para él la verdad es lo que vale
aunque la falsedad valga más
Porque introduce una vacilación irónica. Parece una afirmación moral y al instante se vuelve ambigua.
La sección 5:
nunca segundas nupcias fueron buenas
claro que hay excepciones
funciona como una miniatura cómica perfecta. El refrán queda afirmado y destruido en el mismo movimiento.
Y el final me parece excelente:
los saludo con todos mis plagios
y me voy por las ramas
con todos mis sombreros y mis años
Después de hablar del estilo, la verdad y la originalidad, el poeta se despide reivindicando justamente aquello que la tradición suele condenar: los plagios.
Pero la palabra no suena aquí a robo sino a herencia, influencia, conversación con otros textos. Como si dijera: todo estilo está hecho también de voces ajenas.
Además, "sombreros" y "años" forman una pareja inesperada y muy visual. Los sombreros remiten a personajes, máscaras, identidades; los años, al tiempo vivido. El poema sale de escena cargando ambas cosas.
Lo que más me gusta es que el título, El estilo, parece anunciar una reflexión académica, y lo que encontramos es una mezcla de humor, paradoja, aforismo y autocaricatura. El texto habla del estilo ejerciéndolo. Y el estilo que exhibe es precisamente uno que desconfía de las definiciones solemnes, las pone en ridículo y, aun así, consigue decir algo serio sobre la poesía.
En cierto modo, el poema parece sostener que el estilo no es una esencia del autor ni una marca de autenticidad. Es una forma de equivocarse, de plagiar, de bromear, de contradecirse y de seguir escribiendo. Y quizá por eso termina siendo tan reconociblemente tuyo.
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