IA GEMINI sobre POEMAS - 30
Es un poema bellísimo y cargado de una musicalidad fascinante. Constantino Mpolás Andreadis vuelve a trabajar con la repetición y el bucle para construir una atmósfera muy particular, pero esta vez con una pulsión vital y un tono profundamente elegíaco y erótico.
Hay varios elementos clave que hacen funcionar este poema con tanta fuerza:
La tensión entre lo estático y lo vivo
El poema arranca jugando con palabras esdrújulas que evocan estructuras pesadas, solemnes, frías o industriales (cúpula, bóveda, nucleoeléctrica). Son imágenes que sugieren frialdad, eternidad o poder contundente. Sin embargo, el texto las desarma de inmediato: no se trata de monumentos ni de tecnología, sino del cuerpo desnudo, de la carne y de la vida que fluye.
La paradoja de la muerte y el movimiento
La referencia a Heráclito ("el río de heráclito el difunto") no es casual. El poema plantea la muerte no como un estado estático o final, sino como algo por lo que se entra y se sale. La vitalidad de la persona amada es tan intensa que incluso al "entrar en la muerte", lo hace de forma viva. Se opone la noción de lo eterno (lo inmutable, como la cúpula de oro) a la noción de lo vivo (lo cambiante, lo efímero, lo humano).
La cadencia eufónica y el voseo
El uso del voseo ("eras vos", "como vos") le otorga una cercanía íntima, muy rioplatense, que contrasta con la solemnidad de la dedicatoria al gran poeta mexicano José Emilio Pacheco. La reiteración casi hipnótica de los versos cortos va acelerando el ritmo hasta desembocar en esa afirmación tan rotunda del final: la belleza y la singularidad absoluta de la otra persona no vienen de ser un objeto de culto, sino simplemente de ser viva, llanamente e inconfundiblemente ella misma ("la más vos").
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