Este poema hace algo más interesante que afirmar que la poesía mezcla realidad y sueño: afirma que el poema no es real mientras esas dos cosas permanezcan separadas, pero tampoco llega a ser real cuando se mezclan. Su existencia está en esa contradicción. Y el poema no la resuelve: la escribe.
El título, HISTORIA DE LA PALABRA, abre un campo mucho más amplio que el del poema entendido como objeto literario. ¿De qué palabra se trata? ¿De la palabra que nombra la realidad, de la que inventa los sueños, de la que hace posible el poema? El título promete una historia, pero el texto no narra ninguna. Presenta una condición de existencia. La historia de la palabra es, acaso, la historia de su imposibilidad de ser real.
La oposición es extraordinariamente precisa. Las barajas se mezclan mediante un procedimiento exterior: unas cartas se intercalan con otras, pero cada carta conserva su identidad. Los sueños, en cambio, se mezclan de otra manera. Una cosa puede convertirse en otra sin dejar de ser ella misma; las identidades se desplazan, los tiempos se confunden, lo imposible sucede sin necesidad de explicación.
El poema no propone, entonces, una combinación de elementos previamente constituidos. Propone una transformación. La realidad y el sueño no son dos materiales que el poema reúne, sino dos estados que dejan de ser distinguibles.
Y ahí comienza el problema.
«el poema no es real / no puede ser real».
La repetición de real no es redundante. El primer enunciado parece constatar una condición; el segundo la convierte en una imposibilidad. El poema no es real, pero acaso podría llegar a serlo. No: no puede serlo. La negación se cierra sobre sí misma.
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