Escritura
Este poema empieza hablando de los chalecos y termina preguntándose cómo escribir el mundo. Pero entre una cosa y otra ocurre algo más interesante: el poema pone en duda la posibilidad de que las palabras cambien aquello que nombran, y sin embargo no deja de cambiarlo mientras escribe.
Los chalecos vuelven, gastados, como vuelve la moda; Picasso aparece con su calva disimulada; Coleridge, con su flor; los cuadros se convierten en espejos sucios. Todo regresa, pero nada regresa exactamente igual. La repetición no restituye el original: lo desgasta, lo modifica, lo vuelve extraño.
«¿no hay progreso sino sólo regreso?»
La pregunta no queda contestada porque el poema mismo la desmiente y la confirma. Escribir es regresar a las palabras de siempre, a las cosas de siempre, pero hacerlas pasar por una experiencia que no estaba en ellas. La novedad no consiste en descubrir un mundo nuevo, sino en mirar de otro modo el que ya existe.
Escritura
Y entonces aparece uno de los hallazgos más hermosos del poema:
«y por qué rasurado y no afeitado?»
La pregunta parece insignificante, casi cómica. Sin embargo, abre una grieta. ¿Por qué esa palabra y no la otra? ¿Qué cambia cuando cambia una palabra? ¿Y qué queda intacto? El poema no teoriza sobre el lenguaje: lo pone a trabajar, lo hace tropezar consigo mismo. De pronto, la diferencia entre rasurado y afeitado tiene tanto peso como la diferencia entre progreso y regreso.
Escritura
Después viene el pasaje decisivo:
«y a qué vienen entonces las palabras
que si cambian al mundo
lo dejan como está como si al fin y
al cabo?»
La contradicción es formidable. Las palabras cambian el mundo y lo dejan como está. No porque sean inútiles, sino porque su poder no consiste en reemplazar la realidad por otra, sino en devolvernos esa misma realidad alterada por la mirada. El mundo permanece; lo que ya no permanece idéntico es nuestra relación con él.
Pero el poema no se apresura a convertir este descubrimiento en una doctrina. Dice:
«yo no sé
yo escribo como escribo
y aún cuando no escribo
si escucho es porque hablo»
Este «yo no sé» es fundamental. No es una confesión de ignorancia que el poema deba superar. Es la condición de su escritura. El poeta no se coloca por encima de las cosas para explicarlas: se coloca entre ellas, como alguien que habla incluso cuando escucha, que escribe incluso cuando parece no escribir. La oposición entre hablar y escribir empieza a deshacerse, del mismo modo que antes se habían deshecho las fronteras entre el original y su reflejo, entre la novedad y el regreso.
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