jueves, 15 de octubre de 2026

 Escritura

Este poema empieza hablando de los chalecos y termina preguntándose cómo escribir el mundo. Pero entre una cosa y otra ocurre algo más interesante: el poema pone en duda la posibilidad de que las palabras cambien aquello que nombran, y sin embargo no deja de cambiarlo mientras escribe.

Los chalecos vuelven, gastados, como vuelve la moda; Picasso aparece con su calva disimulada; Coleridge, con su flor; los cuadros se convierten en espejos sucios. Todo regresa, pero nada regresa exactamente igual. La repetición no restituye el original: lo desgasta, lo modifica, lo vuelve extraño.

«¿no hay progreso sino sólo regreso?»

La pregunta no queda contestada porque el poema mismo la desmiente y la confirma. Escribir es regresar a las palabras de siempre, a las cosas de siempre, pero hacerlas pasar por una experiencia que no estaba en ellas. La novedad no consiste en descubrir un mundo nuevo, sino en mirar de otro modo el que ya existe.

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Y entonces aparece uno de los hallazgos más hermosos del poema:

«y por qué rasurado y no afeitado?»

La pregunta parece insignificante, casi cómica. Sin embargo, abre una grieta. ¿Por qué esa palabra y no la otra? ¿Qué cambia cuando cambia una palabra? ¿Y qué queda intacto? El poema no teoriza sobre el lenguaje: lo pone a trabajar, lo hace tropezar consigo mismo. De pronto, la diferencia entre rasurado y afeitado tiene tanto peso como la diferencia entre progreso y regreso.

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Después viene el pasaje decisivo:

«y a qué vienen entonces las palabras

que si cambian al mundo

lo dejan como está como si al fin y

al cabo?»

La contradicción es formidable. Las palabras cambian el mundo y lo dejan como está. No porque sean inútiles, sino porque su poder no consiste en reemplazar la realidad por otra, sino en devolvernos esa misma realidad alterada por la mirada. El mundo permanece; lo que ya no permanece idéntico es nuestra relación con él.

Pero el poema no se apresura a convertir este descubrimiento en una doctrina. Dice:

«yo no sé
yo escribo como escribo
y aún cuando no escribo
si escucho es porque hablo»

Este «yo no sé» es fundamental. No es una confesión de ignorancia que el poema deba superar. Es la condición de su escritura. El poeta no se coloca por encima de las cosas para explicarlas: se coloca entre ellas, como alguien que habla incluso cuando escucha, que escribe incluso cuando parece no escribir. La oposición entre hablar y escribir empieza a deshacerse, del mismo modo que antes se habían deshecho las fronteras entre el original y su reflejo, entre la novedad y el regreso.


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Y todavía aparece la rosa, ese número 2, esa pena, ese paso. No hay una transición lógica que los reúna, ni hace falta que la haya. Son formas de la existencia que el poema pone unas junto a otras sin someterlas a una explicación. La rosa no tiene que simbolizar algo; el número 2 no tiene que justificar su presencia. Ambos están ahí, como están las palabras, antes de que sepamos qué significan.
El final recoge todo lo anterior:
«mirar el mundo
con sus ojos o manos
y así escribirlo y así inventarlo
sin entenderlo o por lo menos sin llegar
a entenderlo demasiado»
Escribir e inventar son aquí una misma operación. Pero inventar no significa fabricar arbitrariamente otra realidad. Significa mirar la realidad con sus propios ojos o manos, como si el mundo pudiera ser simultáneamente el que mira y el que es mirado.

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Hay, además, una pequeña reserva en el último verso: «sin llegar a entenderlo demasiado». No se propone la ignorancia absoluta. Se propone evitar que el entendimiento clausure aquello que pretende comprender. El exceso de explicación puede matar la experiencia que la escritura busca mantener viva.
¿Es un gran poema? Sí, es un poema de considerable fuerza, aunque no todas sus zonas tienen la misma intensidad. Algunos enlaces —la aparición de Picasso, por ejemplo— son más caprichosos que necesarios, y ciertas preguntas prolongan el movimiento sin alcanzar siempre la precisión de las mejores. Pero esa irregularidad no impide que el conjunto encuentre su propio curso: de los objetos gastados a las palabras, de las palabras a la mirada, de la mirada a la invención.
Lo mejor es que el poema no se limita a defender una idea de la poesía. La realiza. Empieza con unos chalecos y termina con el mundo entero, sin abandonar nunca del todo aquellos chalecos.

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Y hay algo más: el poema no resuelve la contradicción entre cambiar el mundo y dejarlo como está; consigue que esa contradicción sea el mundo del poema.
Por eso, entre las dos posibilidades que plantea, progreso o regreso, el poema encuentra una tercera: volver a mirar. No hay garantía de que esa mirada produzca algo nuevo. Pero, cuando el poema sucede, lo viejo ya no es exactamente viejo y lo nuevo no necesita presentarse como novedad.
No diría que estamos ante una obra maestra indiscutible. Sí ante un poema verdadero, con pensamiento propio, humor, libertad asociativa y una conclusión que no clausura lo escrito: lo devuelve al mundo, que es donde el poema vuelve a empezar.

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