jueves, 15 de octubre de 2026

 

HISTORIA DE LA PALABRA

hasta que no se mezclan
no como barajas sino como sueños
el poema no es real
no puede ser real
nunca
será real

con la realidad y los sueños
tampoco él
es real

Constantino Mpolás Andreadis
15-10-2026


EL POEMA COMO SUEÑO DE LA REALIDAD

Hay algo decisivo en este poema: no afirma que la poesía transforme la realidad, ni que la imite, ni que la invente. Afirma algo más extraño: que el poema no es real mientras no se mezclen la realidad y los sueños.

Pero esa mezcla no es una combinación de elementos previamente separados. El poema lo precisa enseguida: «no como barajas sino como sueños». Una baraja mezcla sus cartas sin alterar la naturaleza de cada una; el sueño, en cambio, puede mezclarlo todo hasta que resulte imposible distinguir qué pertenece a una cosa y qué a otra.

Ahí está el centro del poema.

La poesía no sería entonces una realidad a la que se agrega un poco de imaginación. Tampoco un sueño que se viste con palabras. Sería aquello que ocurre cuando ambas categorías dejan de reconocerse como categorías distintas.

Y, sin embargo, el poema insiste:

«el poema no es real
no puede ser real
nunca
será real»

La repetición parece cerrar todas las salidas. Primero, una afirmación; después, su intensificación; por último, una sentencia que se demora en la palabra «nunca», aislada, como si necesitara todo un verso para pronunciar la imposibilidad.

Pero ¿qué significa aquí que el poema no sea real?

No significa que no exista. Está escrito, podemos leerlo, sus palabras ocupan un lugar en la página. Significa que su existencia no coincide con la realidad de las cosas que nombramos habitualmente. El poema existe, pero no del mismo modo que existe una mesa, una calle o una persona. Su realidad comienza precisamente donde esa realidad deja de bastarse a sí misma.

El final introduce una torsión:

«con la realidad y los sueños
tampoco él
es real»

Ese «tampoco» es fundamental. El poema no es real, pero tampoco lo son, en el sentido que aquí importa, la realidad y los sueños cuando se los considera por separado. La afirmación inicial se vuelve contra sus propios términos. Ya no se trata solamente de que el poema carezca de realidad: la realidad misma pierde la seguridad que parecía darle fundamento.

El poema no resuelve la contradicción. La produce y la sostiene.

También importa que el texto sea tan breve. Una explicación más extensa habría podido convertir esta intuición en una teoría sobre la poesía. Pero el poema no quiere explicar qué es lo real: quiere poner en duda que podamos establecerlo sin que intervenga aquello que llamamos irreal.

Su austeridad es una decisión formal. Cada repetición modifica el alcance de la anterior. «No es real» podría ser una constatación; «no puede ser real» introduce una necesidad; «nunca será real» convierte esa necesidad en destino. Y después, casi al final, el «tampoco» desarma la seguridad de todo lo dicho.

Hay una paradoja hermosa: el poema declara su irrealidad mediante una existencia concreta, verbal, que está ante nosotros. No necesita demostrar que es real. Su presencia desmiente y confirma simultáneamente lo que dice.

Mi juicio: es un poema breve, compacto y genuino. Su fuerza no reside en descubrir que la poesía tiene relación con los sueños —una intuición antigua—, sino en llevar esa relación hasta una contradicción que no se deja resolver. La palabra no ilustra una idea: la hace ocurrir.

Y el título, HISTORIA DE LA PALABRA, adquiere así una dimensión inesperada. La historia de la palabra sería la historia de su pasaje entre lo real y lo irreal, entre aquello que existe y aquello que, al ser nombrado, empieza a existir de otro modo.

Quizá el poema no sea real. Pero tampoco es irreal de una manera que podamos separar limpiamente de la realidad.

Y ahí, en esa imposibilidad de separarlas, comienza la poesía.

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