Escritura
ALAMBRADOS, GENTE DE BIEN
Hay poemas que cuentan una vida. Este hace algo más extraño: produce una vida mediante el acto de decirla, sin que podamos separar al que habla de lo hablado, al que vive del que escribe, al que muere del que continúa.
«cosas como ésas decía me decía se decía»
El poema empieza cuando la identidad ya está descompuesta. No hay un sujeto estable que después se ponga a hablar: hay alguien que dice, alguien que se dice a sí mismo, alguien que se oye decirse. Los pronombres no fijan una identidad; la ponen en movimiento. El yo se multiplica sin llegar a convertirse en varios personajes.
Y esa operación inicial contiene prácticamente todo lo que vendrá.
«cantaba soñaba vivía bebía decía se decía se moría»
La enumeración no establece jerarquías. Cantar, soñar, vivir, beber, decir y morir pertenecen a una misma respiración. La vida no aparece como una sucesión de acontecimientos importantes, sino como una continuidad verbal en la que todo sucede y vuelve a suceder.
El poema no narra que alguien haya vivido. Hace que la vida suceda en el lenguaje.
Por eso la repetición no es aquí un procedimiento ornamental. Es la sustancia misma del texto. Las palabras regresan, pero nunca regresan exactamente al mismo lugar: cada repetición las encuentra modificadas por lo que acaba de ocurrir.
«y era eterno y era mortal y se moría»
Esta es una de las bisagras del poema. La eternidad y la mortalidad no se presentan como alternativas. Ese hombre es ambas cosas, y la muerte no resuelve la contradicción. Se muere y, sin embargo, sigue siendo. El poema no necesita recurrir a ninguna trascendencia religiosa: su eternidad es la persistencia de aquello que continúa diciéndose.
Después aparece una formulación todavía más radical:
«y escribía sin saber leer ni escribir como si no supiera leer y escribir»
El verso no debe leerse como una simple ocurrencia acerca de la ignorancia. En él, escribir se separa del dominio consciente de la escritura. El que escribe no necesita reconocerse como escritor ni saber qué está haciendo para que la escritura ocurra.
Pero el añadido «como si no supiera leer y escribir» complica la afirmación: ya no se trata de una incapacidad efectiva, sino de escribir como quien ha suspendido el conocimiento de lo que sabe.
La escritura queda liberada de la obligación de explicarse a sí misma.
Y entonces el poema vuelve a cantar, repetir, inventar, contar, decir. La sucesión no progresa hacia un descubrimiento: insiste, se desvía, vuelve. Es una escritura que parece no saber adónde va y que, sin embargo, consigue construir su propio mundo.
«en el aire en el vino en la noche en el día»
Acá la escritura pierde incluso la necesidad de una superficie. Ya no está confinada al papel. Se escribe en el aire, en el vino, en el tiempo. Todo puede ser soporte porque el poema ha dejado de distinguir con claridad entre escribir y vivir.
No se trata de que el mundo entero sea una metáfora de la escritura. Es algo más inmediato: la escritura y la vida se han vuelto dos nombres de un mismo movimiento.
EL TIEMPO SIN DESENLACE
«y así vivió y así vivía y así murió un día u otro día»
La alternancia entre «vivió» y «vivía» desarma la cronología. El pretérito presenta una vida concluida; el imperfecto la mantiene en curso. El poema pasa de uno a otro sin pedir permiso, como si el tiempo verbal pudiera morir y resucitar dentro de la misma frase.
«un día u otro día un día y otro día tras día»
La insistencia en los días no sirve para medir el tiempo, sino para abolir la posibilidad de que un día sea definitivamente distinto de los demás. El día de la muerte es también otro día. Y cada día contiene la posibilidad de repetirse.
Los «siglos» y los «instantes» que aparecen enseguida pertenecen a esa misma corriente. El tiempo se agranda y se contrae sin modificar su movimiento esencial. Los caballos y los tranvías irrumpen como cosas concretas, casi inesperadas, dentro de esa duración ilimitada. No son adornos nostálgicos: devuelven al poema la materialidad de una vida que, de otro modo, podría disolverse en pura abstracción.
EL TÍTULO
ALAMBRADOS, GENTE DE BIEN.
El título introduce una aspereza que el cuerpo del poema no explica. Los alambrados sugieren separación, límites, propiedad, exclusión; «gente de bien» puede sonar a denominación respetable, pero también a fórmula irónica, a la voz de quienes se consideran dueños del orden.
Hay una tensión entre ese título y la circulación incesante de las palabras. Mientras el alambrado separa, el poema mezcla. Mientras la expresión «gente de bien» clasifica, el lenguaje del texto confunde las identidades, los tiempos y las categorías.
No afirmaría que esa oposición agota el sentido del título. El poema no ofrece una escena social precisa que permita cerrarlo en una interpretación política. Pero la fricción está ahí: frente a un mundo que delimita y clasifica, la escritura construye una continuidad en la que nada permanece definitivamente separado.
EL FINAL
«y fue inmortal y se murió»
La contradicción vuelve, pero ya no es la misma que al principio. Ahora hemos atravesado toda una vida de palabras, y sabemos que la muerte no detiene el movimiento.
«y así siguió como la vida como la muerte continuó y continúa todavía»
La elección de «siguió» y «continúa» hace que la continuación no pertenezca solamente al pasado. El poema pasa de contar lo sucedido a afirmar algo que sucede ahora. El hombre del poema continúa, pero no sabemos si continúa como persona, como escritura, como recuerdo o como repetición de la vida misma.
La respuesta no hace falta. Esas posibilidades han dejado de excluirse.
Y el último verso, «como los días y las noches y a cada muerte y a cada vida», no cierra la enumeración: la deja abierta. Después de la última palabra, el movimiento podría seguir. La sintaxis parece haber llegado al final material del poema sin haber llegado a un final verdadero.
MI JUICIO
Es un poema ambicioso, sostenido por una decisión formal que no abandona nunca: la continuidad verbal como equivalente de la continuidad de la vida. Su dificultad es también su riesgo. La acumulación puede producir momentos en que las palabras pierdan capacidad de diferenciación y la insistencia parezca confirmarse a sí misma. No todos los tramos tienen idéntica intensidad.
Pero esa reserva no invalida el logro central. El poema consigue que su forma no sea una vestidura de lo que dice, sino el acontecimiento mismo que propone.
En la poesía de los siglos XX y XXI, la ruptura de la sintaxis, la repetición y la disolución del sujeto tienen una historia extensa. No bastaría, por tanto, con señalar esos procedimientos para proclamar una singularidad absoluta. Lo propio de este texto es la manera en que los reúne alrededor de una intuición: vivir, escribir y morir son acciones que no terminan de separarse, porque todas participan de un movimiento que continúa.
Sí: estamos ante un poema de verdadera importancia dentro de esta poética. No porque cada una de sus frases sea extraordinaria, ni porque su extensión garantice su fuerza, sino porque sostiene una necesidad interna. No podría reducirse sin perder precisamente aquello que lo hace ser lo que es: esa respiración que vive, se muere, vuelve a decirse y continúa.
Y acaso el poema realiza, sin explicarlo, su afirmación más profunda: no es que el hombre se vuelva inmortal porque alguien lo recuerde. Es que, mientras las palabras sigan sucediéndose, la muerte no consigue ser la última palabra.
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